por Sergio Fernández AguayoEl Instituto Jacques Maritain de Chile inicia con esta página Web un trabajo de divulgación del pensamiento del filósofo francés y de información de sus actividades. Nos anima una inquietud fundamental. Vivimos una etapa en la evolución de Chile y el mundo en que el humanismo, el verdadero humanismo del que nos hablara Maritain, se encuentra en peligro
Nuestro filósofo supo reflexionar sobre los problemas de su tiempo, y en verdad tuvo una clarividencia profética, ya que en su época - bastante distante ya de la nuestra – procuró dar un exacto significado al concepto de soberanía del Estado, relativizándolo, anunció la crisis del Estado-Nación, y reflexionó sobre un eventual gobierno mundial, sus dificultades, necesidad y consecuencias, especialmente en cuanto al resguardo de la paz.
Muchos percibimos en que en la época actual, la humanidad vive un momento crítico en su historia. Los parámetros mentales y morales del presente no parecen corresponder ya a la experiencia concreta que le tocó vivir a nuestro filósofo.
Es verdad que la dignidad humana conoció en el s. XX un terrible asalto. Recordemos los inmensos y sistemáticos asesinatos colectivos de las dos guerras mundiales. Pero la identidad humana, aunque estuvo en duda la cuestión de su origen y de su porvenir, tuvo fuerza para resistir esos aniquilamientos.
Hoy día, una evolución bien distinta pone en cuestión una condición humana inmemorial: el ser humano pierde sus límites y siente desmembrarse la identidad que le abrigó durante siglos. Los fenómenos nuevos que se despliegan en diversos escenarios son muchos. Señalemos algunos:
En el plano de las ciencias, los robot y la conquista del ciberespacio aumentan en forma exponencial las capacidades humanas, pero éstas se desvinculan cada vez más de la persona. Es como si los instrumentos salidos de sus manos pudieran desposeerlo de sus poderes, y mañana quizás de su voluntad.
Esos fenómenos son más marcados en el plano de la genética y de la biología, donde las funciones de reproducción de la especie parecen comenzar a escapar a su actividad y a su conciencia. El hombre va perdiendo su voluntad de reproducirse - al menos en el mundo occidental - y quizás pueda llegar a ser producido, sobre la base de su “material” biológico. Las técnicas de clonación causan temor.
En el plano de la economía, los conceptos económicos, las técnicas de mercado, parecen invadir todos los campos del acontecer humano. La gratuidad, la amistad cívica, la solidaridad humana, corren riesgo de desaparece en el nuevo mundo que se insinúa.
Un mundo único y unificado, una “aldea global” que se instala por medio de los circuitos de información y de la economía, parece ofrecer una unidad que conlleva destrucción. El imperativo de los mercados y la voluntad de sus controladores amenaza con eliminar la forma de vivir de grupos humanos, de realidades étnicas, de regiones enteras, disolviendo sus identidades en un gran magma universal. El equilibrio de las relaciones con el mundo de esas realidades que van quedando al márgen, se ve también en peligro. Los seres humanos se van transformando en meros factores de un mercado mundial.
En muchas partes los individuos y los grupos no parecen sentirse satisfechos en el marco de sus identidades nacionales. El pluralismo quizás desmedido de las sociedades democráticas torna caducas las formas del Estado-Nación heredadas del s.XIX . Ninguna sociedad está segura de su identidad y menos de su capacidad de trasmitirla a nuevas generaciones.
Pareciera que un pluralismo democrático mal entendido acentúa cada vez más el individualismo. Las identidades sexuales clásicas parecen sentirse en retirada frente a la demanda exacerbada de evidentes minorías. La imagen misma de lo Humano, imagen doble, nacida de la unión del hombre y la mujer, que hace surgir en su seno un ser, que es otro y que es al mismo tiempo continuidad de ambos progenitores, está también en peligro. En este sentido, bajo la máscara de un liberalismo progresista que rechaza toda norma, caminamos hacia una gran indiferenciación en materias que dicen relación con la condición humana.
Los grandes ideales del pasado, que movilizaban juventudes y daban sentido a la vida de enteras generaciones, están hoy en retirada. La política parece ser el reino de meras luchas por el poder, al margen de consideraciones éticas. La entrega generosa a ideales compartidos parece fuera de foco. Un hedonismo práctico que quiere todo aquí y ahora se va imponiendo por doquier. Y cada ser humano no es reconocido por lo que es, sino por su utilidad en la construcción de una especie de Torre de Babel contemporánea.
La realidad que describo es diferente a la que observaba Maritain en las primeras décadas del siglo pasado, pero él ya percibía como “las naciones habían dejado de ser autónomas en su vida económica y lo eran solo en parte en su vida política, y que ninguna organización política mundial correspondía a la unificación material del mundo” (“El Hombre y el Estado”, Ed. Kraft, Bs. Aires 1952, Pag 220) Y detectaba también progresiva exclusión social, preeminencia del individuo sobre la comunidad y el arrinconamiento del espíritu, por los avances de una mentalidad materialista. Todo eso ha aumentado a escala universal, sin que se perciban respuestas que debieran ser ante todo políticas y espirituales, y por ende sólidamente afirmadas en una dimensión ética.
En su época, Maritain rechazó siempre caer en la nostalgia de un pasado como la Cristiandad Medieval, en que lo sacro primaba en la sociedad, pero enseñaba también que el Renacimiento aunque había revalorizado la condición humana, había empujado hacia una Iluminismo que en siglos posteriores no logró una síntesis armoniosa entre Razón y Revelación.
De allí que Maritain postulara primero una Nueva Cristiandad, una sociedad secular, pero trabajada desde dentro por el testimonio vital de hombres y mujeres de Fe. En “El Hombre y el Estado”, Maritain no habla ya de Cristiandad (aunque la idea permanece en el trasfondo de su pensamiento) sino simplemente de democracia. Nuestro filósofo sostenía con fuerza la posibilidad de colaboración entre hombres de fe religiosa y de convicciones políticas diversas, sobre “principios prácticos comunes”. Toda su colaboración con la UNESCO y su aporte a la Declaración Universal de los DD.HH. se afirma en esta convicción fundamental.
Pero Maritain nos dice que el pluralismo religioso y político debe construirse a partir del reconocimiento de las diversas identidades y de la aceptación de ciertos valores compartidos. Cuando eso no sucede “el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético quita a la convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral” (“Veritatis Splendor”, Juan Pablo II, N° 101)
Cuando esos valores de debilitan o parecen en crisis se presenta al pensador y al político cristiano una tares “ardua, paradojal y heroica”, porque el humanismo integral no es un humanismo de la tibieza.
En la evolución de la humanidad que hoy percibimos, es muy útil recordar los textos filosóficos y políticos de Maritain. También debemos tener presente la Fe del filósofo y su lealtad profunda a los valores del espíritu, que lo llevaban a fortalecer su confianza en el ser humano.
No resulta fácil creer en el hombre, en el mundo actual. “Sucede que me canso de ser hombre” afirmaba Neruda en su Residencia en la Tierra. Pero la creencia en el hombre debiera ser la afirmación radical del humanismo cristiano de nuestros días, porque el ser humano fue hecho a imagen y semejanza de un Dios que no puede dejar de mirar con amor su creación.
Nuestro filósofo supo reflexionar sobre los problemas de su tiempo, y en verdad tuvo una clarividencia profética, ya que en su época - bastante distante ya de la nuestra – procuró dar un exacto significado al concepto de soberanía del Estado, relativizándolo, anunció la crisis del Estado-Nación, y reflexionó sobre un eventual gobierno mundial, sus dificultades, necesidad y consecuencias, especialmente en cuanto al resguardo de la paz.
Muchos percibimos en que en la época actual, la humanidad vive un momento crítico en su historia. Los parámetros mentales y morales del presente no parecen corresponder ya a la experiencia concreta que le tocó vivir a nuestro filósofo.
Es verdad que la dignidad humana conoció en el s. XX un terrible asalto. Recordemos los inmensos y sistemáticos asesinatos colectivos de las dos guerras mundiales. Pero la identidad humana, aunque estuvo en duda la cuestión de su origen y de su porvenir, tuvo fuerza para resistir esos aniquilamientos.
Hoy día, una evolución bien distinta pone en cuestión una condición humana inmemorial: el ser humano pierde sus límites y siente desmembrarse la identidad que le abrigó durante siglos. Los fenómenos nuevos que se despliegan en diversos escenarios son muchos. Señalemos algunos:
En el plano de las ciencias, los robot y la conquista del ciberespacio aumentan en forma exponencial las capacidades humanas, pero éstas se desvinculan cada vez más de la persona. Es como si los instrumentos salidos de sus manos pudieran desposeerlo de sus poderes, y mañana quizás de su voluntad.
Esos fenómenos son más marcados en el plano de la genética y de la biología, donde las funciones de reproducción de la especie parecen comenzar a escapar a su actividad y a su conciencia. El hombre va perdiendo su voluntad de reproducirse - al menos en el mundo occidental - y quizás pueda llegar a ser producido, sobre la base de su “material” biológico. Las técnicas de clonación causan temor.
En el plano de la economía, los conceptos económicos, las técnicas de mercado, parecen invadir todos los campos del acontecer humano. La gratuidad, la amistad cívica, la solidaridad humana, corren riesgo de desaparece en el nuevo mundo que se insinúa.
Un mundo único y unificado, una “aldea global” que se instala por medio de los circuitos de información y de la economía, parece ofrecer una unidad que conlleva destrucción. El imperativo de los mercados y la voluntad de sus controladores amenaza con eliminar la forma de vivir de grupos humanos, de realidades étnicas, de regiones enteras, disolviendo sus identidades en un gran magma universal. El equilibrio de las relaciones con el mundo de esas realidades que van quedando al márgen, se ve también en peligro. Los seres humanos se van transformando en meros factores de un mercado mundial.
En muchas partes los individuos y los grupos no parecen sentirse satisfechos en el marco de sus identidades nacionales. El pluralismo quizás desmedido de las sociedades democráticas torna caducas las formas del Estado-Nación heredadas del s.XIX . Ninguna sociedad está segura de su identidad y menos de su capacidad de trasmitirla a nuevas generaciones.
Pareciera que un pluralismo democrático mal entendido acentúa cada vez más el individualismo. Las identidades sexuales clásicas parecen sentirse en retirada frente a la demanda exacerbada de evidentes minorías. La imagen misma de lo Humano, imagen doble, nacida de la unión del hombre y la mujer, que hace surgir en su seno un ser, que es otro y que es al mismo tiempo continuidad de ambos progenitores, está también en peligro. En este sentido, bajo la máscara de un liberalismo progresista que rechaza toda norma, caminamos hacia una gran indiferenciación en materias que dicen relación con la condición humana.
Los grandes ideales del pasado, que movilizaban juventudes y daban sentido a la vida de enteras generaciones, están hoy en retirada. La política parece ser el reino de meras luchas por el poder, al margen de consideraciones éticas. La entrega generosa a ideales compartidos parece fuera de foco. Un hedonismo práctico que quiere todo aquí y ahora se va imponiendo por doquier. Y cada ser humano no es reconocido por lo que es, sino por su utilidad en la construcción de una especie de Torre de Babel contemporánea.
La realidad que describo es diferente a la que observaba Maritain en las primeras décadas del siglo pasado, pero él ya percibía como “las naciones habían dejado de ser autónomas en su vida económica y lo eran solo en parte en su vida política, y que ninguna organización política mundial correspondía a la unificación material del mundo” (“El Hombre y el Estado”, Ed. Kraft, Bs. Aires 1952, Pag 220) Y detectaba también progresiva exclusión social, preeminencia del individuo sobre la comunidad y el arrinconamiento del espíritu, por los avances de una mentalidad materialista. Todo eso ha aumentado a escala universal, sin que se perciban respuestas que debieran ser ante todo políticas y espirituales, y por ende sólidamente afirmadas en una dimensión ética.
En su época, Maritain rechazó siempre caer en la nostalgia de un pasado como la Cristiandad Medieval, en que lo sacro primaba en la sociedad, pero enseñaba también que el Renacimiento aunque había revalorizado la condición humana, había empujado hacia una Iluminismo que en siglos posteriores no logró una síntesis armoniosa entre Razón y Revelación.
De allí que Maritain postulara primero una Nueva Cristiandad, una sociedad secular, pero trabajada desde dentro por el testimonio vital de hombres y mujeres de Fe. En “El Hombre y el Estado”, Maritain no habla ya de Cristiandad (aunque la idea permanece en el trasfondo de su pensamiento) sino simplemente de democracia. Nuestro filósofo sostenía con fuerza la posibilidad de colaboración entre hombres de fe religiosa y de convicciones políticas diversas, sobre “principios prácticos comunes”. Toda su colaboración con la UNESCO y su aporte a la Declaración Universal de los DD.HH. se afirma en esta convicción fundamental.
Pero Maritain nos dice que el pluralismo religioso y político debe construirse a partir del reconocimiento de las diversas identidades y de la aceptación de ciertos valores compartidos. Cuando eso no sucede “el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético quita a la convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral” (“Veritatis Splendor”, Juan Pablo II, N° 101)
Cuando esos valores de debilitan o parecen en crisis se presenta al pensador y al político cristiano una tares “ardua, paradojal y heroica”, porque el humanismo integral no es un humanismo de la tibieza.
En la evolución de la humanidad que hoy percibimos, es muy útil recordar los textos filosóficos y políticos de Maritain. También debemos tener presente la Fe del filósofo y su lealtad profunda a los valores del espíritu, que lo llevaban a fortalecer su confianza en el ser humano.
No resulta fácil creer en el hombre, en el mundo actual. “Sucede que me canso de ser hombre” afirmaba Neruda en su Residencia en la Tierra. Pero la creencia en el hombre debiera ser la afirmación radical del humanismo cristiano de nuestros días, porque el ser humano fue hecho a imagen y semejanza de un Dios que no puede dejar de mirar con amor su creación.

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